14:23 h. Lunes, 24 de Abril de 2017

Diario de Conil

Paradojas

Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Escritor y articulista.

José Antonio Hernández Guerrero | 24 de Septiembre de 2016

Uno de los fenómenos sociales actuales más llamativos es el de la contradicción que se establece entre la teoría y la práctica, entre lo que pensamos, decimos y hacemos como, por ejemplo, entre la defensa de la moralidad y el aumento de la corrupción, entre el aplauso a las acciones desinteresadas y la obsesión por el dinero o entre la preocupación por los problemas sociales y el desinterés de las cuestiones políticas. Como consecuencia de esta extraña dualidad, el camino se ha convertido en meta; el medio, en fin; el instrumento, en objetivo. Fíjense cómo el laicismo convive con el fundamentalismo religioso y el puritanismo cohabita con la pérdida del sentido de la maldad. Nuestra  sociedad tecnificada y gélida predica la paz al mismo tiempo que aumentan las agresividades más recónditas; exalta las ideologías sublimes, mientras fomenta las prácticas alienantes; promete futuros paradisíacos, mientras se estanca en un presente desolador. El actual modelo de vida  nos está endureciendo de tal manera, que nos sentimos incapacitados para percibir nuestras graves y múltiples incoherencias.

Si, por ejemplo, examináramos las corrientes económicas predominantes, fácilmente podríamos llegar a la conclusión de que estamos manipulados hasta tal punto que aceptamos que somos meros medios de producción y no destinatarios directos de una mejora verdaderamente humana personal, familiar y social.

Muchos proyectos comerciales nos objetivan hasta tal punto a los clientes que, más que considerarnos como sujetos, nos transforman en simples objetos de consumo. La publicidad planifica, además de nuestro trabajo, nuestras vacaciones, nuestra libertad, nuestros amores y nuestras preferencias artísticas y culturales: nos impone la música, los vestidos, las comidas, las bebidas y hasta la manera de hablar.

Si pretendemos mantener nuestra independencia, no tendremos más remedio que aprender a caminar por la vida pausadamente pero siempre avanzando y siempre ascendiendo por este pluriverso de valores contradictorios donde nos movemos. Si pretendemos que nuestra vida sea humana, deberíamos  concebirla como el ascenso a una montaña, como un peregrinar incesante hacia unos objetivos razonables y hacia el destino de un bienestar humano. Reconociendo la dificultad de comprender el mundo y, dentro de éste, a nosotros mismos, hemos de fijar una meta, un destino, para ir, pacientemente, dando paso tras paso en esa dirección; pero, a condición de que la búsqueda de esta meta no implique la ausencia de aventura, sino que, por el contrario, encierre la posibilidad de riesgos y los asumamos con serenidad aceptando de antemano las inevitables dificultades.                                                                   

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