03:32 h. Jueves, 27 de Julio de 2017

Diario de Conil

El mal humor

Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Escritor y articulista.

José Antonio Hernández Guerrero | 26 de Noviembre de 2016

Tener “mal humor” no es lo mismo que tener un “humor malo”. El primero indica un defecto psicológico, mientras que el segundo revela una escasez de imaginación. Un “genio” -sin adjetivos- es el artista o el científico que, por su originalidad, por su lucidez, por su agudeza o, a veces, por su oportunidad, destaca sobre el común de los seres humanos, sobresale sobre los hombres y sobre las mujeres normales. Es, por lo tanto, un tipo raro, excepcional y extraordinario que nos llama la atención y que nos causa la sorpresa. Pero, si a esta palabra le añadimos el adjetivo “mal” o “malo”, no sólo matizamos su significado, sino que lo cambiamos totalmente. Como es sabido, cuando afirmamos que un señor o una señora tienen  “mal genio”, no queremos decir que es un “genio malo”, sino que posee “mal carácter” o “mala leche”; aseguramos que es “antipático”, “insoportable”, “fastidioso” y “desagradable”.

Aclaro estas distinciones a propósito de una de las conclusiones a las que han llegado los especialistas que intervinieron en el Seminario del Humor que organizamos hace ya algún tiempo: todos estaban de acuerdo en que es saludable para el alma y para el cuerpo manifestar las sensaciones y exteriorizar los sentimientos: las sensaciones agradables y también las desagradables, los sentimientos positivos y también los negativos.

El que reprime las alegrías y, sobre todo, el que guarda los malos humores, disimula los rencores o camufla las antipatías -afirmaron- corre el riesgo de que le aumente la presión sanguínea y de que sufra un infarto, de que padezca úlceras de estómago, de que contraiga la gripe y hasta de que muera de cáncer. Los sufrimientos interiores y los disgustos mal digeridos –explicaron- se somatizan en forma de dolencia física con diferentes síntomas y de distinta gravedad. Por eso es bueno y necesario que, de vez en cuando, hablemos, nos quejemos y lloremos. Nuestro interior es una caldera cuya presión hemos de aflojar liberando los buenos y los malos humores.

Más acciones: