14:23 h. Lunes, 24 de Abril de 2017

Diario de Conil

La excelencia

Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Escritor y articulista.

Confieso que los mártires, los caudillos, los héroes, los santos, los genios, los líderes y, sobre todo, los profetas, cuando están lejos, estimulan mi admiración pero, cuando los contemplo de cerca, me asustan. Creo firmemente que son necesarios para dinamizar la sociedad, para despertarnos del letargo y de la apatía; pienso que son imprescindibles para mover nuestras conciencias, para defender los grandes principios y para fortalecer a los débiles. Acepto que estos seres extraordinarios y beatíficos, en virtud del don singular que han recibido y gracias al carisma del que están adornados, estimulan el seguimiento, la admiración, la imitación, la obediencia, la entrega y la devoción. Estoy convencido de que ellos son los que, en muchas ocasiones, nos sacan las castañas del fuego: las castañas de nuestros derechos, intereses, ideas y sentimientos; el fuego de la arbitrariedad, de la fuerza, de la habilidad, de la mentira o de la injusticia. Pero, repito, los carismáticos, los fundamentalistas, los radicales, los perfectos, los puros y los puristas, los íntegros y los integristas me producen una profunda sensación de temor (y, a veces, de honda pena).

Cuando escucho las encendidas proclamas en favor de la moral de la excelencia, de la aristocracia espiritual, de la hidalguía intelectual y hasta de la nobleza de cuna, recuerdo lo que sufría Sebastián Saúco al pensar en aquellos que han trabajado para pagar los heroísmos del héroe: “me duelen –me decía- las muertes de quienes han derramado la sangre en las guerras del excelente; me entristecen las  manchas de barro de quienes velan para que los puros sigan limpios; me apenan los sufrimientos de quienes son atormentados para proporcionar el placer de la finura a unos pocos afortunados aristócratas”. Tengo un amigo a quien le hubiera gustado vivir en la Edad Media, pero, por supuesto, no como simple siervo, colono o miembro de la gleba, sino como emperador, rey, marqués o conde. Si a los ricos los hacen los pobres, a las verdades llegamos por las sendas de los errores, y a la bondad por el camino de los defectos.                                              

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