03:35 h. Jueves, 27 de Julio de 2017

Diario de Conil

Los discretos

Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Escritor y articulista.

En nuestra opinión, la prueba más contundente y la expresión más clara de la sabiduría humana es la difícil virtud de la discreción –no el secretismo- que consiste, fundamentalmente, en la capacidad de administrar las ideas, de gobernar las emociones y, más concretamente, en la habilidad para distribuir oportunamente las palabras y los silencios. Es discreto, no el taciturno, sino el que dice todo y sólo lo que debe decir en una situación determinada; es el que interviene cuándo y cómo lo exige el guión.

La discreción es, por lo tanto, una destreza que pertenece a la economía en el sentido más amplio de esta palabra, es una habilidad que, además de prudencia, cautela,  sensatez, reserva y cordura, exige un elevado dominio de los resortes emotivos para intervenir en el momento justo, un tino preciso para acertar en el lugar adecuado y un pulso seguro para calcular la medida exacta, sin escatimar los esfuerzos y sin desperdiciar las energías.

La indiscreción, por el contrario, puede ser la señal de torpeza, de ignorancia o de desequilibrio, y pone de manifiesto la incapacidad para gobernar la propia vida y, por supuesto, para intervenir de manera eficaz en la sociedad. Supone siempre un peligro que, a veces, puede ser grave y mortal. El indiscreto corre los mismos riesgos que el chófer  que conduce un automóvil que carece de frenos y de espejo retrovisor.

La indiscreción se manifiesta por tres síntomas que constituyen serias amenazas que ponen en peligro la integridad personal y la armonía social. El primero es la locuacidad o verborrea: esa diarrea o incontinencia verbal y esa falta de control y de moderación para expresar todo lo que se piensa o se siente sin tener en cuenta las consecuencias de sus palabras ni la sensibilidad de los que las escuchan. Los lenguaraces cuentan todo lo que saben y, a veces, lo que no saben, y se defienden diciendo que son francos, claros, valientes, sinceros y espontáneos.

El segundo es la carencia de intimidad y la falta de pudor para hablar de sí mismos. Fíjense cómo, cuando tratan de cualquier tema, sólo se refieren a ellos. Son exageradamente subjetivos: el fútbol o los toros, la política o la religión, el flamenco o la música clásica, constituyen meros pretextos para relatar sus hazañas. Y el tercero es el tono de amarga queja con el que hablan o escriben. Sus críticas son tristes lamentaciones, agrias murmuraciones, exasperados gemidos o huraños sollozos.

Recordemos cómo el jesuita aragonés Baltasar Gracián (1601-1658), considerado como  la encarnación del intelectual puro, en su tratado moral publicado en 1645, en el que nos propone el paradigma de la perfección humanista y humana, describe al “discreto” como el hombre ideal, como el artista de la vida, como el genio que, dotado de nativa nobleza, de ingenio y de equilibrio de virtudes intelectuales y prácticas, es seguro de sí y dueño de sus propias acciones; conoce sus cualidades y, sobre todos, sus límites.

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