05:35 h. Martes, 27 de Junio de 2017

Diario de Conil

El burro inteligente

Daniel Domínguez | 16 de Noviembre de 2016

Había una vez un burro muy inteligente que aspiraba a ser algo más que un mero asno como los demás. Cuando hablaba con sus hermanos, se enfadaba porque lo trataban como a un igual. Cuando las moscas revoloteaban alrededor de su cola, se enojaba porque aquellos bichos ensuciaban su imagen. Y cuando se encontraba con los humanos, se molestaba de que éstos le hablaran como a un lerdo haciéndole cargar las mercancías de ellos.

Aquella vida de burro no le satisfacía y sentía cada día más la necesidad imperiosa de cambiar de rumbo. Pero no sabía ni cómo hacerlo ni por dónde empezar.

Un día, paseando ensimismado por el camino del río pedregoso, se encontró con un joven que se acercó junto a él a ofrecerle agua.

  • ¿A dónde vas, pequeño? –le preguntó el joven– ¿Te apetece un poco de agua? Hace mucho calor hoy y se ve que vienes de dar una buena caminata.

El burro aceptó la oferta de muy buen gusto, pues sin darse cuenta había andado varios kilómetros aquella jornada. El joven se descolgó su botija y le dio de beber de la misma agua que para él tenía. Sorprendido por tal gesto, el burro se quedó pensando si aquel humano sería diferente al resto. Su sorpresa tornaba en curiosidad. Y todos los hacía se esmeraba en hacer aquella caminata para encontrárselo de nuevo.

  •  Hola, pequeño. ¡Ya te echaba de menos hoy! ¿Por qué has tardado más de lo normal en llegar? –le inquirió el joven al burro.

Los días sucedían y cada vez cogían más confianza. Aquel humano no le trataba con la maldad de los otros hombres. Y el burro se sentía feliz con su nuevo amigo. Pero las caminatas eran largas para hacerla todos los días, y aquel humano se empezaba a quejar de que sus encuentros fueran tan cortos. Así que un día, el joven le esperaba con un saco de viaje, pan y agua para muchos días.

  •  Buenas tardes, mi querido burro. ¡Nos vamos de viaje! –dijo el joven, muy atento a la reacción del pobre animal– ¡Es hora de que vivamos nuestra vida! Seguir aquí no nos aporta nada. ¡Vayamos al encuentro de la Compañía de Teatro que trotea más al norte y unámonos a ella! Aquí llevo pan y agua para el camino. Y este saco es para nosotros, para que metamos en él todo lo que nos encontremos en esta aventura. –E inmediatamente colocó el saco al cuello del burro– Tú tienes cuatro patas, es mejor que lo lleves tú.

El burro titubeó un poco, pero al fin y al cabo no tenía nada que perder. Quizá fuera el momento de vivir esa nueva vida que tanto ansiaba. Así que, juntos, emprendieron el viaje.

El joven, que dirigía la aventura, caminaba obseso delante del burro, al que puso un cordel grueso para que no se perdiera.

  • Así estamos más seguros; si yo me desvío, tú puedes seguir el cordel y encontrarme; y si te pierdes tú, yo puedo tirar de ti para rescatarte.

Y la aventura continuaba con gran entusiasmo para el joven, que se relamía pensando en su encuentro con la Compañía del Teatro.

  • ¡Mira, pequeño! ¡Qué piedra tan bonita! La echaremos al saco como recuerdo de esta aventura. –Y echó la piedra en el saco que el burro colgaba al cuello.

La ilusión de encontrarse con la compañía era el despertar de cada mañana y el insomnio de muchas noches.

  • Cuando lleguemos les voy a presentar mis ideas. Yo creo que a algunos no les van a gustar, pero porque no las van a entender. Yo soy más creativo y mis ideas más innovadoras. Es normal que los que están allí se hayan quedado en el pasado, pero ya verás cuando les demuestre que mis ideas son mejores no van a querer hacer las cosas como a la antigua usanza –le argumentaba el joven al burro todos los días.

Y pasaban los días. El camino se volvía más confuso y el joven parecía cada día más perdido. Insistía en que pronto encontraría la compañía, pero los días se repetían sin encontrar esperanza alguna de hallarla.

  • ¡Oh, qué piedras tan preciosas! –dijo mientras se las tiraba al burro–. ¡Guárdalas en el saco que son un recuerdo de nuestra aventura!

Y pasaban los días. Las noches de insomnios eran cada vez más frecuentes e intensificar las jornadas, cada vez más duras, no sirvió para dar alcance a la compañía. El joven desesperaba.

  • ¡No tenemos suficientes recuerdos de esta aventura! ¡Por eso no encontramos la Compañía del Teatro! –gritó mientras le arrojaba un puñado de piedras toscas a la cabeza del burro–. ¡Guárdalas en el saco, que está muy vacío!

Y pasaban los días. El saco cada vez se llenaba más y las provisiones escaseaban. El burro pasaba hambre, pero el joven parecía no tener ni sed.

  • ¡Mis hazañas me harán rico! ¡Ya verás todo lo que aprenderé en la Compañía del Teatro! Por fin podré desarrollar el talento que tengo –insistía una y otra vez el joven.

El burro, aturdido, hambriento, cansado de tanto transportar piedras en aquel saco, y somnoliento por velar las noches desveladas de su compañero de aventura, le preguntó una vez:

  • ¿Y yo qué haré cuando llegue a la Compañía del Teatro?
  • Tú sólo eres un burro, ¿qué pretendes hacer? –le respondió el joven.

Y pasaban los días. Y todo se repetía. Pero cada vez las acciones del joven eran más crueles. Seguía cogiendo piedras por el camino que, más que tomar con afán de coleccionarlas en el saco, les servía para apedrear al burro.

  • ¡Por tú culpa andamos perdido! –reconoció el joven– ¡Si no tuviera que estar tirando de ti ya habríamos encontrado el camino!
  • Pero si eres tú el que quiso ponerme el cordel –se rebeló el burro.
  • ¡Si no fueras un burro no tendría que haberlo hecho! ¡Pero es que eres un zoquete, como todos los burros! ¿Crees acaso que podrías haber seguido mis pasos si no te hubiera tirado del cordel?

El burro caminaba cada vez más cansado. Su ánimo se esfumó con los días. Su aspecto se descuidó entre tanta caminata. Su cuerpo se debilitó por pasar sed y hambre. Su alma empezó a atormentarse y en su corazón sentía un peso superior a la carga del saco que seguía llevando al cuello, que ya estaba a reventar de piedras.

Un día, al caer la noche, oyó no muy lejos de donde estaba el correr de un río. O quizás fuera sólo un arroyuelo. Y recordó cuando conoció a aquel joven que ahora le parecía un extraño. «¿No era acaso amable conmigo? ¿No me trataba mejor que los otros humanos que me utilizaban como animal de carga y transporte? ¿No me ilusionó con la idea de emprender una nueva vida?» Pensó el burro. «¿Por qué ahora me trata así? ¿Por qué paga su enfado arrojándome piedras? ¿Por qué me culpa de no encontrar su sueño? ¿Por qué me hace caminar atado como si fuera un animal de su propiedad?».

El burro se dio cuenta entonces que aquello no era lo que se había imaginado. Y pensó que quizá no fuera tan inteligente como se había creído. Que los humanos que antes lo usaban les hacían cargar paja, comida, leche, mantas y mercancías que compraban luego otros humanos. Era un trabajo arduo para el pobre burro, pero parecía tener más sentido que cargar un saco de piedras que no tenían más valor que el del sacrificio de un animal frente al maltrato de un joven humano. Y entonces comprendió que no merecía la pena.

Aquella noche, el burro, algo más inteligente de lo normal, se desató el cordel que agarraba por la otra punta aquel joven mientras dormía y regresó a casa con sus iguales. Nunca más supo del joven. Y nunca entendió su trato. Pero comprendió que aquel maltrato no se lo merecía. Era libre.

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